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sábado, 14 de abril de 2018

Biografia De Martha Mijares

viernes, 6 de abril de 2018

Las dos culturas

Las dos culturas

Gracias a la buena biblioteca de Harvard he podido leer los textos originales de la controversia de hace tres décadas entre C. P. Snow y F. R. Leavis, sobre la cultura y algunas intervenciones que ella suscitó, de comentaristas tan solventes como Isaías Berlin y Lionell Trilling. Al pronunciar la Rede lecture de 1959, el novelista y científico británico C. P. Snow señaló con alarma una división en el mundo occidental entre una "cultura literaria" y una "cultura científica", separadas por una infranqueable barrera de ignorancia y prejuicios recíprocos. Cada una de ellas habría generado no sólo dos tipos de saber, sino psicologías y sensibilidades diferentes, al extremo de dificultar extraordinariamente entre intelectuales y científicos la simple comunicación.

Para C. P. Snow, la "cultura científica" representa la modernidad, el futuro, y la "literaria" es la cultura tradicional, que, ciega y sorda a las formidables transformaciones operadas en la vida social por los descubrimientos científicos y las innovaciones de la técnica, pretende ingenuamente encarnar ella sola la cultura con mayúsculas y "administrar la sociedad occidental". Los héroes del ensayo de C. P. Snow (The two cultures and the scientific revolution, Nueva York, Cambridge Un¡versity Press, 1959) son los científicos, en especial los físicos, adelantados del progreso, y, en cambio, los que él indistintamente llama humanistas, literatos o intelectuales son más bien una curiosa rémora para la evolución de la humanidad y la universalización de la cultura, una falange arrogante de especialistas empeñados, en contra de la historia, en sostener la preponderancia del humanismo literario en pleno auge de la revolución científica, como alquimistas exorcizando la química o guerreros que optan por el caballo y la lanza en la era del tanque y la bomba atómica.

La respuesta del profesor Frank R. Leavis a C. P. Snow sorprendió a todo el mundo por su ferocidad. A mí me sorprende más bien aquella sorpresa. Leavis era en ese momento el más ilustre de los críticos literarios anglosajones, y desde su cátedra, en Cambridge, la revista que dirigía, Scrutiny, y sus investigaciones sobre Ia gran tradición" de la novela inglesa y escritores como Joseph Conrad y D. H. Lawrence, había hecho de la poesía y la ficción la piedra de toque de la cultura, el mejor exponente y el barómetro más sutil de la espiritualidad, la moral, la fantasía y el grado de humanización de un pueblo. Aunque no lo mencionara y expusiera sus ideas con buena crianza, el severo ataque de C. P. Snow contra el humanismo literario -concebido como emblema de vetustez reaccionaria- era una recusación integral de todo lo que Leavis simbolizaba.



No es extraño, por eso, que su réplica (Two cultures? The significance of C. P. Snow,

Nueva York, Raindon House, 1963) fuera panfletaria y comenzara de la peor manera posible, es decir, por la descalificación adhomini: "Como novelista [C. P. Snow] no existe, no ha comenzado aún a existir. Ni siquiera sabe lo que es una novela". 'Tensar es un arte difícil, y requiere formación y práctica en alguna disciplina específica. Resulta una ilusión patética, cómica y amenazadora por parte de Snow creer que puede aconsejamos sobre los asuntos que aborda".

Pero, además de insultos y exorcismos, el ensayo de Leavis contiene también ideas, expuestas con la rotundidad y la pasión con que solía ejercer la crítica literaria. De él se decía, en la Universidad de Cambridge, cuando yo fui allá en 1979, que para el reverenciado (y odiado) profesor Leavis cultura y literatura eran sinónimos, sí, pero a condición de que se entendiera que literatura y literatura inglesa lo eran también. (Pese a ello, escribió un libro sobre Tolstoi.) En su ensayo no llega a tanto, pero lo que dice en él no puede ser más iconoclasta.

Para Leavis la noción de cultura, de actividad cultural, implica un enriquecimiento del espíritu, no la adquisición de nuevos conocimientos, algo que puede ser complementario de aquella experiencia espiritual o no serlo. Si no lo es, estos conocimientos no forman parte de la cultura, son meras informaciones que en sí mismas carecen de valor, algo que sólo alcanzan indirectamente, cuando -y si- la técnica las aprovecha para determinada función o servicio. Leer a Dickens, escuchar a Mozart y ver un Tiziano son actividades esencialmente distintas a averiguar qué significan la aceleración o la partición del átomo. Aquellas experiencias son de instantáneo y largo efecto a la vez, e imposibles de cuantificar de manera funcional, pues decir que producen placer a quien las vive y predisponen al espíritu para comprender mejor al resto del mundo, para soportarlo y soportarse a sí mismo, no las agota: éstos, son conocimientos objetivos, cuya importancia depende exclusivamente del beneficio práctico que para una colectividad pueda extraer de ellos la técnica. Confundir cultura con información es cosa de gentes incultas, convencidas de que la cultura tiene o debería tener un valor de uso, semejante al de aquellos saberes que dan derecho a un título o el ejercicio de una profesión.
El doctor Leavis no estaba contra las profesiones liberales ni los oficios técnicos, pero, en las antípodas de C. P. Snow, que aspiraba a reformar la Universidad, acercándola cada vez más a la ciencia y a la técnica y alejándola de las humanidades, proponía, más bien, apartar a la Universidad de toda enseñanza práctica y concentrarla en la preservación y promoción de los conocimientos humanísticos más imprácticos, como las lenguas clásicas, las culturas y las religiones extinguidas, y, por supuesto, la literatura y la filosofía. Politécnicos y escuelas especializadas se encargarían de formar a los futuros abogados, ingenieros, médicos, economistas y expertos en las cada vez más numerosas variedades de la tecnología. Como en la Edad Media, o poco más o menos, la Universidad sería un recinto imperturbable a la solicitación de lo inmediato y lo pragmático, una permanencia espiritual dentro de la contingencia histórica, una institución entregada a la preservación y continuación de cierto saber, inútil desde una perspectiva funcional, pero vivificador y unificador de todos los otros conocimientos en el largo plazo y sustento de una espiritualidad sin la cual, a merced únicamente de la ciencia y la técnica, la sociedad se precipitaría tarde o temprano en -actualizadas formas de barbarie.


En los treinta y pico de años corridos desde aquella polémica, la sociedad occidental, y el resto del mundo a su remolque, han ido encaminándose por el rumbo que les señaló C. P. Snow y dando la espalda al irascible profesor Leavis, cuyas tesis suenan ahora todavía más excéntricas que entonces. Aunque sumida en una crisis de la que no se vislumbra la salida, resulta evidente que la Universidad es y seguirá siendo cada vez más científica que litera


lunes, 26 de febrero de 2018

martes, 9 de enero de 2018

CANCIÓN OFICIAL DEL CARNAVAL DE CAJAMARCA 2015

jueves, 4 de enero de 2018

Canción Oficial del Carnaval de Cajamarca 2018

CARNAVAL DE CAJAMARCA 2018

CARNAVAL DE CAJAMARCA 2018 II

martes, 12 de diciembre de 2017

EN LA ORILLA DEL MAR - BIENVENIDO GRANDA

Daniel Santos & La Sonora Matancera- Linda (En Vivo)

Daniel Santos - Virgen De Media Noche

jueves, 19 de octubre de 2017

Tu decides

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domingo, 10 de septiembre de 2017

JORGE NEGRETE------BIOGRAFIA

Marisol - La Tarara

LO MEJOR DE 1970 EN INGLES

DÚO DINÁMICO Y MARISOL EN TVE, 1969

LOS INCREIBLES 60 -70s EN ESPAÑOL - EN VIVO

El primer mapa del mundo


El mapa babilonio del mundo, residente en el British Museum de Londres, fue creado en Babilonia en torno al año 500 a.C. como copia de un original creado 200 años antes que no se ha conservado hasta nuestros días. Se trata de una tablilla de arcilla con dibujos e inscripciones en la que se representa la visión que tenían los babilonios del mundo a vista de pájaro.

I: Mapa del mundo babilónico
El mapa muestra dos circunferencias concéntricas, así como siete áreas triangulares rodeando la circunferencia exterior. El área del interior del círculo representa el continente central, donde la ciudad de Babilonia ocupa el lugar central representada mediante un rectángulo. Con otras figuras geométricas, los babilonios también representaron y pusieron nombre a otros pueblos coetáneos como Asiria (al noroeste de Babilonia), Uratu (actual Armenia, al norte de Asiria) y Habban (actual Yemen, al suroeste de Babilonia). Pese al hecho de que el pueblo babilonio conocía a los persas y egipcios, estos fueron obviados totalmente en esta representación, posiblemente por las rencillas existentes con ellos.
A nivel topográfico, el mapa representa unas montañas al norte donde nace el río Éufrates, que se representa atravesando la ciudad de Babilonia y desembocando en la parte inferior del mapa en las dos circunferencias. Estas dos circunferencias concéntricas representan las aguas saladas (el mar).
El texto exterior a ambos lados de la tablilla muestra que el mapa intenta representar el mundo entero. El énfasis en la distancia entre los lugares que acompaña al mapa hace suponer que el fin del mapa era representar y localizar regiones lejanas.

II: Reconstrucción del mapa babilónico
El texto en el reverso de la tablilla describe las siete áreas triangulares, a las cuales las denomina islas, en detalle, aunque es evidente que los babilonios sabían poco de esas islas. La primera isla corresponde con la representada en el sureste, y las sucesivas son descritas según el sentido de las agujas del reloj. Solamente se conserva la breve descripción de tres de las siete islas, de las cuales se dice brevemente: “Lugar del sol naciente”, “El sol está escondido y nada se puede ver”, “Más allá del vuelo de los pájaros”.
Por último, la orientación del mapa tiene en la parte superior el Noroeste. Esto es debido a que, a diferencia de nuestro sistema de puntos cardinales, el sistema de orientación babilonio se basaba en los vientos predominantes, siendo el viento del noroeste un viento soplado por la diosa Ishtar.
Fuentes y más información:

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Joseph Nicéphore Niépce: El inventor de la fotografía

Joseph Nicéphore Niépce: El inventor de la fotografía


Publicado el 30/01/2010
Joseph Nicéphore Niépce ha pasado a los anales de la historia por ser el hombre que consiguió la primera fotografía, fijando imágenes mediante el método que denominó heliografía.
Niépce nunca fue un buen dibujante y en 1814, cuando perdió a su hijo con grandes cualidades artísticas tras su decisión de alistarse en el ejército, tuvo que aprovechar su experiencia como litógrafo y químico para buscar nuevas formas de producir.

I: Joseph Nicéphore Niépce
Durante los años siguientes experimentó comenzó a experimentar con barnices sensibles a la luz, y más tarde con cloruro de plata, pero, como muchos coetáneos, no fue capaz de conseguir imágenes permanentes y que no se terminaran desvaneciendo.
Sus mejores resultados los consiguió cuando decidió untar betún de Judea sobre placas litográficas para inmortalizar sus imágenes. En 1822, Niépce tomó un grabado del Papa Pío VII, y lo untó en aceite para hacerlo transparente. Expuso ese grabado a la luz del sol, dejando la placa untada en betún detrás, de tal modo que la luz del sol pasase a través de las partes claras del grabado endureciendo la capa de betún de Judea a la placa, dejando las partes de sombra sin endurecer. Después, tomó la placa litográfica y la sumergió en aceite de lavanda, de tal modo que las partes no endurecidas se disolvieron, dejando el grabado plasmado en la placa.
Esta réplica del grabado del Papa Pío VII se perdió, y pocos años después llegarían las que serían las primeras fotografías conservadas. Existe mucha controversia para determinar cuál fue verdaderamente, aunque la que más comúnmente se ha reconocido como la primera fotografía de la historia se trata de “Punto de vista desde la ventana de Gras”, tomada a través de su ventana en 1826.

II: Punto de vista desde la ventana de Gras (1826)
Otros muchos consideran que la primera foto se trata de Tirando de un Caballo, una reproducción de un grabado holandés, datado en 1825. De hecho, esta foto se llegó a vender en 2002 por medio millón de euros como la primera fotografía de la historia.

III: Tirando de un caballo (1825)
En 1989, Roland Barthes, en su publicación “La Cámara Lúcida” recoge una fotografía de Niépce que según el data de 1822. Se trata de una borrosa imagen conocida como “La Mesa Puesta”, y cuyo original se conserva en el Museo Nicéphore Niépce.

IV: La mesa puesta (1822)
Después de estas primeras fotografías y otras muchas no conservadas, en 1829, Niépce se unió en sus investigaciones y progresos a Louis Daguerre. Su repentina muerte en 1833, no le permitió llegar a obtener beneficios nunca de su descubrimiento. Daguerre sería con el paso de los años el principal y primer difusor de la fotografía, y patentó el invento bajo su nombre en enero de 1839. Pocos meses después el gobierno francés, al ser consciente del alcance del inventó, declaró el invento como de libre acceso, quitando los derechos de patente a Daguerre, y beneficiándolo a él y al hijo de Niépce, Isodore, con una pensión vitalicia.
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miércoles, 6 de septiembre de 2017

PROMOCIÓN 1967: BODAS DE ORO